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Farmacéutico. Profesor Titular en la UDO. Consultor y Asesor de Empresas en el sector privado; organizaciones gubernamentales en el sector público y persinas naturales. Estudios de especialidad, maestria y doctorado. Gerencia de ciencia y tecnología; planificacion financiera; planificación de la educación superior; gerencia de organizaciones; gerencia política y gobernabilidad. Pensamiento complejo. Historia de Venezuela. Docente investigador de Postgrado. Coach con Certificación Internacional de CIC. Locutor certificado por la UCV.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Cine venezolano: Hermano y La hora cero

De un tiempo a esta parte, los creadores venezolanos que hacen expresión de su arte en la gran pantalla, nos vienen mostrando una buena producción que no solo es pertinente señalarla en términos de lo cuantitativo, sino que adicionalmente hemos de destacar su alta factura cualitativa. Como quiera que resulta valido aquello de “honor a quien honor merece”, hemos de reconocer que esta es una de esas políticas públicas en las que el gobierno ha resultado en ejecutorias coherentes que, financiamiento mediante, han permitido y permiten la puesta en escena de nuevas y disímiles producciones cinematográficas. En estas últimas semanas hemos tenido la ocasión de ver dos buenas películas venezolanas: “Hermano” y “La hora cero”.

Los juicios de valoración estética son altamente subjetivos, y lo son aún más cuando quien los emite adolece de la prelación y el bagaje técnico necesario y suficiente como para emitir un juicio valorativo que resulte creíble y sostenible sobre la base de argumentación teórico – práctica. Por tanto nuestras apreciaciones sobre ambos films tienen algo de racionalidad y mucho de la emocionalidad que cada uno de ellos despertó en mí. Por tanto mis opiniones en esta materia ni siquiera alcanzan las aproximaciones de un cinéfilo y si, mas bien, las vulgares opiniones y deseos de un aficionado.

Dos películas interesantes de reciente cartelera son “Hermano” y “La hora cero”. Ambas colocan sus luces sobre la vida en el barrio caraqueño, desde cuyas alturas depauperadas por el abandono se aprecian grandes panorámicas de la ciudad en medio del valle que tiene por norte a El Ávila de Manuel Cabré y de José Campos Viscardi, a quien conocí en Ciudad Bolívar y de quien poseo una de sus cúbicas serigrafías sobre El Guaraira Repano, cerrando paso al Mar Caribe. La una y la otra plantean el drama social de la delincuencia. “Hermano”, tal vez de una manera más plana y sencilla que en el caso de “La hora cero”. Esta última va más allá. Si en su trama, “Hermano” toma la delincuencia desde la perspectiva del rescate posible y el triunfo ante los desvaríos de la vida fácil y sin mayores esfuerzos envuelta en el delinquir cotidiano, en el caso de “La hora cero”, la profundidad del planteamiento delincuencial detrás del sicariato, desnuda el “negocio” del “escenario amarillista” detrás de la noticia de sucesos, tan frecuente en nuestros medios, particularmente en la televisión.

Si  bien “Hermano” asume la muerte desde abajo para florecer a la vida, “La hora cero” la asume desde arriba, desde las más encumbradas alturas del poder para dejarnos saber como parte de las miserias humanas, el sucumbir de la pobreza a los dictados de un  amor que se contextualiza en la traición de las propias razones que lo propician. Traición que se expresa tanto en los códigos amatorios como aquellos que dan vida a la hermandad de los bajos fondos delictivos. En ambos escenarios, hay un punto de no retorno en el que por una u otra causa, la vida pierde todo el valor que en si misma pudiera tener.

De mi parte, no quiero pasar por alto la oportunidad de esta crónica, para destacar el desarrollo que dentro del cine venezolano comenzamos a observar en las nuevas generaciones de jóvenes que van dedicando sus vidas a la creación y participación en las lides del “séptimo arte”. Es necesario hacer referencia a la Escuela de Artes de la Universidad de Los Andes, no en balde la universidad venezolana posicionada en el primer lugar, entre todas las del país, de acuerdo a los informes del Worl Web Ranking. Entiendo que allí se forman y desarrollan profesionalmente una buena cantidad de técnicos,  a quienes corresponderá la tarea de consolidar el buen cine venezolano que ya tiene referentes internacionales en tan buenos actores como Edgar Ramírez. Allí, en esa Escuela de Artes, tiene presencia y viene ganando su puesto un joven profesional de estas lides escénicas, quien como técnico tiene participación en su primera película, estando al frente de la foto fija. Se trata de Juan Humberto Rodríguez. Su estreno ocurre en el film “Paquete # 3, si la vida cuesta, imagínate la muerte”. Una película que, por lo visto en el “demo” que aparece en la red, toca al igual que las referencias de este trabajo, el tema de la delincuencia y el sicariato, ahora desde otra perspectiva para hacernos ver una arista distinta del problema.

Para Juan Humberto y sus familiares en El Palmar, no queda otra que apoyarle e incitarle a que no desmaye. No es un camino fácil el que ha escogido y ya se encuentra frente a sus pininos. Como él muchos jóvenes y como ellos y en ellos, una posibilidad futura en el marco del necesario desarrollo de esa tierra. Si grande es Venezuela, tan grande como ella es nuestro estado y desde aquí, como el Dios Abraxas y el ave fenix en las obras de Hermann Hesse, habremos de dar nuestros aportes para una nueva y distinta visión del desarrollo, en un futuro que ha de alcanzarnos por cuanto se ha hecho cercano y sus inicios comienzan a llamar en nuestras puertas….



Bismarck Ortiz Rondón
V. 3.627.220



Ciudad Bolívar 18 de diciembre de 2010


Ley seccureza, reguladora de “esfínteres” intelectuales

Una frase a la que necesariamente se apela en ciertos momentos y contextos refiere el hecho de no pasar o considerarnos “eunucos intelectuales”, suerte de seres castrados en sus formas de pensar y actuar en correspondencia con los dictados de su razón. Seres que de alguna manera están impedidos para hacer uso, por cuenta propia, de su masa gris. Por tanto, su ideario responde a las imposiciones de otros. Si de hecho, esta es una situación indeseable a cualquier humano preciado de tal, lo es más cuando la actividad a la que se dedica tiene como uno de sus objetivos: Propiciar la felicidad de sus congéneres a través del uso del poder, en el ejercicio de la política.

La actividad política per se, requiere en su quehacer, altas dosis de creatividad por cuanto se trata de abrir cauce a las ideas propias en abierta confrontación con las ideas de otros que también se dedican a esta actividad. Y no hay duda en cuanto a que, el mejor escenario para la confrontación política de las ideas es el Parlamento. Ese es el foro por antonomasia, en el que se someten a discusión previa, las acciones que ha de tomar el Estado en función de los mejores intereses de la población en particular, y del país en general. Por tanto, una condición inmanente al legislador es la discusión con base e la presentación de argumentos con la intención de convencer a los otros de que sus propuestas son mejores, respecto de los fines ya señalados, que la de los otros. Es  en esos momentos cuando el intelecto y potencial argumentativo echan mano de la información disponible y desarrollan las capacidades creativas de los “diputados” para alcanzar los mayores beneficios para el colectivo.

Pues bien, en Venezuela, la capacidad creativa y la calidad argumentativa de los representantes del pueblo en el Parlamento, acaba de ser anulada mediante la aprobación de una Ley. En efecto, la Asamblea Nacional aprobó modificaciones a la Ley de Partidos Políticos, Reuniones Públicas y Manifestaciones, no solo en contravención de lo establecido en el artículo 251 de la Carta Magna Venezolana, sino más aún, intentando cercenar el derecho humanamente universal de actuar conforme a los dictados que su conciencia, señale a cada “diputado”. Esto so pena incluso, de ser sancionado con la inhabilitación política de quien ose actuar fuera de lo establecido en los nuevos artículos que van desde el  27 al 32, en los que se pretende concretar dicha aberración humana mediante el uso de una figura jurídica a la que se define como “fraude a los electores y las electoras”.

Más aún, para complementar la burla implícita en tamaño disparate, el individuo que tiene en sus manos la responsabilidad del Ejecutivo, asume públicamente ser promotor y autor de la reforma de esa ley, teniendo además el tupe de instalar, dictando una “clase magistral”, un Instituto de los Altos Estudios Políticos. Habrase visto contradicción tan evidente. Se supone que un instituto de esa naturaleza forma para actuar conforme criterios propios derivados del análisis y estudio crítico de la realidad. Entonces, como interpretar esta disociación cognitiva entre, por una parte, formar para la acción crítica en la confrontación con la realidad que resulta no solo compleja, sino cambiante y, por la otra, si una de estas personas llegase al Parlamento, ha de tragar grueso para no atragantarse y superar las posibilidades de un infarto en la disyuntiva íntima de atender a su propio criterio o lamer la bota del amo actuando en contraposición a los dictados de su conciencia. En medio de tal contexto ¿cómo podría o pudiere haber evolución del pensamiento y la acción política cuando todo permite intuir que el objetivo de tales reformas legales no es otro que el establecimiento del pensamiento único?.

Por lo demás, como asumir el hecho de que en esa ocasión, el responsable del Poder Ejecutivo increpe a un sector de los nuevos “diputados”, aún por asumir las responsabilidades propias de sus curules, ordenándoles calificar de una u otra forma a los diputados no  afectos a ese sector político, lo que pone en evidencia quien da las órdenes y les priva del uso de sus criterios propios y dictado de sus conciencias. Esto es,  son “diputados” con la conciencia empeñada a un hombre y no en función del país. Una cuestión que va de frente contra el contenido en tanto propósito, espíritu y razón de la Constitución.

Los “diputados” que votaron a favor de esta ley, al hacerlo se desconocieron a si mismos, no solo como ciudadanos y diputados sino, lo más grave aún, como personas o seres humanos. A mi que personalmente no me gusta asignar calificativos a los seres humanos, a menos que sea menester hacerlo, no puedo sino señalar que, esos “diputados” han devenido en “cosas” que en el más estricto sentido de la palabra, son utilizados por el amo o dueño de sus conciencias en razón de sus más íntimas y fisiológicas necesidades. Esta ley, a la que hemos de bautizar como “seccureza”, en buena hora viene a regular el flujo de sus esfínteres intelectuales….


Bismarck Ortiz Rondón
V: 3,627.220


Ciudad Bolívar 18 de diciembre de 2010