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Farmacéutico. Profesor Titular en la UDO. Consultor y Asesor de Empresas en el sector privado; organizaciones gubernamentales en el sector público y persinas naturales. Estudios de especialidad, maestria y doctorado. Gerencia de ciencia y tecnología; planificacion financiera; planificación de la educación superior; gerencia de organizaciones; gerencia política y gobernabilidad. Pensamiento complejo. Historia de Venezuela. Docente investigador de Postgrado. Coach con Certificación Internacional de CIC. Locutor certificado por la UCV.

jueves, 13 de enero de 2011

A PROPÓSITO DE EXCLUSIÓN SOCIAL (1)

Juegos de mi infancia en solitario

Repentinamente han acudido a mi mente, imágenes de la infancia, de aquella infancia vivida en Caracas. Una infancia que en la que mis actividades lúdicas se repartían entre los inimaginables juegos inventados al arbitrio de mi creatividad en la soledad de aquella casa ubicada en la Calle el Lago y marcada con el número cinco en los Magallanes de Catia. Otros, eran los juegos en los que participábamos colectivamente.

De la soledad de mi hogar en aquellos juegos individuales recuerdo la asociación que establecía con las cosas que deseaba e imaginaba podría hacer cuando creciera y fuese grande. Jugaba al policía, destinado a proteger a sus conciudadanos; al bombero, siempre dispuesto a sacrificarse en procura del bienestar de los otros; el chofer que conducía un autobús acondicionado con dos hileras de sillas en el comedor de aquella casa de mis recuerdos infantiles, tras un volante construido con la tapa de una olla cualquiera y el cilíndrico palo de una vieja escoba.

Cuando la imaginación se desplegaba, atrincherada detrás del deseo de los bienes que no solo serían útiles para mi asistencia a la escuela   sino también para la participación en mis juegos, llegaba a imaginarme como uno de los buenos actores de aquellas películas seriadas de muchachos y bandidos, que hacían de nuestras tardes de domingo la velada obligada en el “vermouth” del Cine México y aquellas tandas de maní tostado que hacían las delicias de un condumio cinematográfico que al final de la tarde coronaba un paquete de cotufas o tostones y que, cuando los haberes lo permitían, eran suculentamente sustituidos por ricos “perros calientes” con su generosa mezcla de salsas, en medio de las cuales predominaba el sabor de la mostaza que luego quedaba atrapado en mi boca hasta el regreso a casa. Si, si se trataba de comprar zapatos, pedía unas botas o botines que luego, en la soledad de mis juegos, me ponía con pantalones vaqueros, sombrero y obvio, correaje y revolver al cinto para someter a los bandidos en balaceras que me llevaban desde el fondo de la cocina hasta el portal del “Sajuan”[1] donde finalmente les vencía y sometía ante la justicia.

Ahora bien, en los juegos de aquella solitaria creatividad de mi infancia, sobresalían dos que terminaron ejerciendo influencia definitiva en m vida. Jugar a la escuela donde fungía de maestro dictando mis clases a un auditorium imaginario al que no pocas veces trate de manera similar a como lo hicieran conmigo mis propios maestros en la escuela primaria. El otro juego era el béisbol. Béisbol que jugaba en un “estadium” que mi hermano mayor: Alciro, había diseñado y mantenía en el último cuarto, al fondo de la casa. Un diamante perfectamente trazado a escala en cuanto distancia entre bases y terreno abierto al “field”. En lo que correspondía al home, había una pequeña hendidura en la que colocábamos la “pelota” e impulsándola con la base o cabeza de un clavo cuyo tamaño estaba en función del gusto del bateador de turno de acuerdo a lo que escuchábamos en las narraciones de radio, presionábamos y “bateábamos” a campo abierto para posteriormente, en cada lance, hacer uso de reglas y medidas que nos permitían establecer la dimensión de la jugada en cuanto hit, dobles, triples, jonrón; bolas, strikes, fouls y así sucesivamente, mientras el juego se realizaba y las tribunas ardían al calor de cada jugada hasta completar los nueve innings en sesión de una mañana o tarde completa.

Con el tiempo, en lo personal, fui coleccionando muñecos mas o menos a escala del campo de juego hasta completar los dos equipos que se enfrentaban en el terreno de juego. Uno, el de las figuras más llamativas o de aquellas que por algún detalle resultaban del mayor interés para mí, representaban al Magallanes; el otro, de acuerdo con mis deseos y emociones “salían” al campo para representar al Caracas, Valencia o Pampero, eventualmente, al Rapiños de Luis Aparicio ó, al Pastora, que formaban parte de la Liga Occidental. Son memoria de mis juegos, de mi imaginación y creatividad puestas a prueba en la vida y para vida.

Hoy, al salvar las distancias del tiempo y el espacio que me separan de aquella infancia feliz en la que, por momentos no necesitaba de nadie para sentir el disfrute de mi vida de niño, pienso en los niños de nuestro país. En aquellos niños que no han tenido ni tienen una posibilidad como aquella que bien pude tener en un hogar humilde, en una casa popular siempre pulcra. Con una vestimenta que, a veces con uno que otro zurcido, siempre estaba limpia y yo aseado en cada una de mis salidas fuera de aquel hogar, cuando asido a una imaginación y creatividad de otro corte, un tanto colectivo, daba rienda suelta a otros juegos. Hablando de exclusión social, tema que intento desarrollar, me pregunto desde la médula de esos recuerdos: ¿Quién determina y puede hacerse responsable por la exclusión social?. Intento la búsqueda y el encuentro reflexivo de mi imaginario para dar con una respuesta….

Bismarck Ortiz Rondón
V: 3.627.220


Ciudad Bolívar, 12 de enero de 2011


[1] Variante de la pronunciación que aludía la presencia de la figura de San Juan, que se colocaba en el pasillo de entrada en aquellas casas de una Caracas que negándose a morir, ya no los deja ver, escondidos como van quedando ante la inseguridad, en  barriadas populares de La Pastora y San José para solo citar dos de las que llegue a ver luego de adulto.

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